
Abro aquella caja en donde amontono mis libros recuperados.
Una edición de Rayuela -creo que de Editorial Alfaguara- idéntica a la mía. Pero no lo es. Porque dentro, sus hojas están repletas de anotaciones, párrafos subrayados y comentarios al margen. No presto demasiada atención pero reconozco esas huellas literarias.
Mi dedos pulgar e índice derechos abanican las páginas, cuando un papel blanco se desliza y cae: una hoja plegada y desgastada con la trascripción de una cita que imagino pertenece a “la flaca” imaginada por Cortázar.
Dice así: “Convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas. Y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse…”
Para ser exacto, hay también una segunda frase anotada, pero ésta otra me resulta algo trivial.
Encuentro otros dos libros que tampoco me pertenecen. ¿Qué hacer entonces? Los separo, podría devolverlos. Sobre aquel añejo escritorio, esa amorfa trilogía de libros despistados descansa unos días mientras determino su suerte.
Decido regalar a un amigo esos otros dos libros porque (¿Casualidad?) son de un autor que unos días antes habíamos debatido.
No sé bien por qué, pero separo a la blanca hoja desgastada (otra vez plegada) y la invito a mi maleta para acompañarme en mi viaje de regreso a Madrid.
Pero Rayuela… Demasiadas anotaciones, párrafos subrayados y comentarios al margen. Demasiada pasión como para entregarlo sin más. Lo conservo en Buenos Aires, en esa caja de cartón en la que años atrás escribí en su exterior: “Libros-Javier”.
Cierro aquella caja en donde amontono mis libros abandonados.
(Para ese ‘amigo de la infancia’ que no hice a tiempo a visitar esta vez)

