Tengo un reloj de pared sin pilas, puesto del revés, tirado en el piso. También tengo uno de pulsera junto a la cama, que sigue haciendo ‘pip’ cada sesenta minutos.
En el móvil de la empresa también puedo saber qué momento es ahora; con tres minutos de retraso respecto a la hora que señala mi otro móvil. El teléfono fijo también me indica los tiempos, pero ni lo miro. En la calle, camino a la oficina, una parada de autobuses acusa mi retraso diario. También los andenes suelen señalar los plazos; este mismo ordenador mientras tecleo marca las 22:50. Ó el ordenador en mi escritorio de trabajo. Y la pantalla de la tele al cambiar de canal.
Además siempre hay gente que señala cuánta falta para “esto y aquello”, que comenta horarios cuando se agotan otros temarios.
Un día, una hora, un minuto, dos segundos.
Dos días, dos horas, dos minutos, tres segundos.
Tres días, tres horas, tres minutos, cuatro segundos.
Ocho segundos, nueve minutos, seis horas, siete días.
Una semana.
Cinco meses.
Un semestre.
Un año.
Una década.
Una vida.
Un siglo. (‘Pip’, serán las 23:00)
Una vida.
Una década.
Un año.
Un semestre.
Cinco meses.
Una semana.
Siete días, seis horas, nueve minutos, ocho segundos.
Cuatro segundos, tres minutos, tres horas, tres días.
Tres segundos, dos minutos, dos horas, dos días.
Dos segundos, un minuto, una hora, un día.
Los temarios se han agotado si se comenta horarios, cuando señalamos cuánto falta para “esto y aquello”, gente.
Al cambiar de canal en la pantalla de la tele. En el trabajo, en el ordenador en mi escritorio. Sigo tecleando pero ya marca las 23:18 este mismo ordenador; en los plazos –con o sin prisa- de los andenes. En la diaria tardanza reflejada en la parada de autobuses, rumbo a la oficina, en esa calle de doble circulación. En el fijo teléfono en el que no me fijo. En mi otro móvil que adelanta tres minutos respecto al móvil de la empresa, también puedo saber qué hora era entonces.
Cada sesenta minutos escucho una queja, un ‘pip’, de aquel reloj de pulsera que junto a la cama tengo. Tirado en el piso descansa un reloj de pared sin pilas, puesto del revés.