lunes, 14 de julio de 2008

Mis horas mías

Tengo un reloj de pared sin pilas, puesto del revés, tirado en el piso. También tengo uno de pulsera junto a la cama, que sigue haciendo ‘pip’ cada sesenta minutos.

En el móvil de la empresa también puedo saber qué momento es ahora; con tres minutos de retraso respecto a la hora que señala mi otro móvil. El teléfono fijo también me indica los tiempos, pero ni lo miro. En la calle, camino a la oficina, una parada de autobuses acusa mi retraso diario. También los andenes suelen señalar los plazos; este mismo ordenador mientras tecleo marca las 22:50. Ó el ordenador en mi escritorio de trabajo. Y la pantalla de la tele al cambiar de canal.
Además siempre hay gente que señala cuánta falta para “esto y aquello”, que comenta horarios cuando se agotan otros temarios.

Un día, una hora, un minuto, dos segundos.
Dos días, dos horas, dos minutos, tres segundos.
Tres días, tres horas, tres minutos, cuatro segundos.
Ocho segundos, nueve minutos, seis horas, siete días.

Una semana.

Cinco meses.
Un semestre.
Un año.
Una década.
Una vida.
Un siglo. (‘Pip’, serán las 23:00)
Una vida.
Una década.
Un año.
Un semestre.
Cinco meses.

Una semana.

Siete días, seis horas, nueve minutos, ocho segundos.
Cuatro segundos, tres minutos, tres horas, tres días.
Tres segundos, dos minutos, dos horas, dos días.
Dos segundos, un minuto, una hora, un día.

Los temarios se han agotado si se comenta horarios, cuando señalamos cuánto falta para “esto y aquello”, gente.

Al cambiar de canal en la pantalla de la tele. En el trabajo, en el ordenador en mi escritorio. Sigo tecleando pero ya marca las 23:18 este mismo ordenador; en los plazos –con o sin prisa- de los andenes. En la diaria tardanza reflejada en la parada de autobuses, rumbo a la oficina, en esa calle de doble circulación. En el fijo teléfono en el que no me fijo. En mi otro móvil que adelanta tres minutos respecto al móvil de la empresa, también puedo saber qué hora era entonces.

Cada sesenta minutos escucho una queja, un ‘pip’, de aquel reloj de pulsera que junto a la cama tengo. Tirado en el piso descansa un reloj de pared sin pilas, puesto del revés.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Leo el blog y mis pensamientos se disparan. Leo respecto de las horas y me pregunto sobre la naturaleza del tiempo, sobre su elasticidad? o rigidez?
Es como nos lo muestra el reloj? Vibrando en espacios cada vez mas pequeños o fluye?
De cualquier manera se agiganta la noche y sus grises nos alcanzan tiñendo a todo en un tono monocorde, haciéndonos mas iguales, permitiéndonos camuflar alegrías y tristezas que bajo su influencia nunca son tan desmesuradas.
Tomo un trago, juego con el hielo, mi percepción del tiempo se deforma. Que paso? Cambió algo? No, solo cambié yo frente al matemático martilleo del reloj, pienso que ahora no es tan exacto, que esta equivocado, que hay otra percepción, que no importa lo que diga su militar y rígida marcha y que ahora soy como un anarquista de los años 20 con respecto a la pétrea lógica de su transcurrir.
Milisegundos eternos, años parpadeantes, hace cuanto tiempo somos amigos? Parecen años… segundos. Solo existe hoy. Por eso pienso; la distancia no se mide en kilómetros pues la mayor distancia entre dos puntos, es el tiempo.

Anonimus (I’ll be back… I’m here)

jll dijo...

"la mayor distancia entre dos puntos es el tiempo"... genial, MUY valorada esta participación, el jurado le pone un '10'