miércoles, 14 de mayo de 2008

Taxi libre

Conducía taxis desde hacía poco más de diez años, no era feliz y se notaba. Cuando era un niño soñaba con ser piloto de aviones, cumplir alguna misión importante… Un guión creado en su adolescencia que lo transformaba en aviador civil. Conocería el mundo entero; con mayor exactitud, el planeta femenino. En cada ciudad viviría historias fantásticas, se enamoraría de una morena francesa…

-Sandrine.
-¿Perdón?
-Mi nombre es Sandrine…
-Ah, perdón, encantado, soy Marcelo.
Él acababa de recuperar el bolso de ella luego de forcejear con un ladronzuelo que había intentado pillárselo en el pasillo que conducía a los excusados de la Terminal A. El fracasado ladrón era apenas un joven que se asustó al ser sorprendido. Marcelo no había recurrido –tampoco había sido necesario- a ninguna acción valerosa, pero en el incidente ella tropezó y cayó al suelo. Él juntó los objetos desparramados, con discreción los reubicó dentro del bolso y tras ayudarla a reincorporarse, le entregó sus cosas.
Cuando ella se puso de pie, su excitante (de qué otro modo describirla) anatomía se transformó en el único paisaje. No basta con detallar los vericuetos sensuales y concretos del cuerpo de aquella morena para entender: su esencia, su mirada, su yo eran subyugantes e irradiaban un halo sexual.
-Debo agradecerle, de verdad.
-Por favor, no fue nada… ¿Estás bien? ¿No te golpeaste?
-No, estoy bien, muchas gracias…

Odiaba detenerse a recargar combustible. Ineludiblemente, algún chofer lo reconocía e intentaba darle charla en la estación de servicio. Era un tipo hosco, que realizaba el trámite con celeridad y volvía a su universo: trasladar pasajeros, sufrir algún robo y dar vueltas por la ciudad. Prefería trabajar de noche, durante el día la cantidad de autos y la competencia eran excesivas.
En el último trayecto había descendido un hombre en avenida Directorio, faltaba mucho todavía para completar su turno. Cuatro, cinco semáforos después, dos chicas que iban a bailar subieron al coche.
Había resultado un mal guión su vida, un monótono nudo con una mala introducción y previsible desenlace. A veces soñaba que protagonizaría una gran historia una de estas noches, pero hacía tiempo que era consciente de lo contrario…


-Sandrine… ¿Lindo nombre, de dónde sos?
-Senegal… pero vivo en París desde los ocho años… ¿y tú?
-Buenos Aires, aunque hace tiempo que no estoy por ahí…

Las dos chicas bajaron en la esquina, en el barcito al lado de la bailanta. De inmediato subieron tres chicos, que habían decidido ir a tomarse unas cervezas a algún otro lugar. Los alcanzó por 10 pesos, pese a que el viaje era por más plata, estaba acostumbrado a esos mangueos…

-Dicen que es una hermosa ciudad, la cuna del Tango.
-¿Lo bailaste alguna vez?
-Más o menos…
-Me encantaría tener la oportunidad de enseñarte, sería un placer. (De verdad sería un placer tener contacto con esa piel).

Era una jornada afortunada, los viajes se sucedían sin descanso.
-Voy hasta Avellaneda y Fragata Libertad, en Caballito. ¿Te ubicás?
-Si, perfecto… ¿Vamos bajando por Rivadavia, está bien?
-Diez puntos.
Era otro tramo largo, en una linda noche, relajada.


-Entonces, nos encontraremos a las 19 en el bar del lobby del Charlton. Cualquier problema, pregunta por Madame Levine…
-Perfecto, allá estaré.
Las próximas horas serían eternas, sólo podía pensar en esa piel morena, en esa contundencia física. Se dirigió a su hotel, nada mejor que un buen descanso acompañado por una bebida fresca en la cama, para mitigar la ansiedad de una noche de tango francés.

Desciende el último pasajero y consulta la hora: ya queda poco para terminar su jornada. “…y ahora que estoooy, freente-a-ti, parecemos, ya vesss, dos extraños…” Suenan los últimos compases de un tango; apaga la radio haciendo girar la presilla del volumen hasta escuchar un ‘click’.

-Has resultado ser un excelente bailarín… (La interrumpe con un beso) Hum… eso tampoco ha estado nada mal (ella le devuelve el beso a él).
-¿Tenés habitación en este hotel?
-Sí… (Vuelven a besarse)
-Subamos. (En el ascensor, en los largos pasillos… El camino hacia la habitación del Charlton Hotel sufre apasionadas interrupciones. Llegan a una puerta numerada: la ‘2052’. Ella coge del mismo bolso que los había presentado esa mañana una llave magnética. La puerta se abre tras un ‘click’).

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy lindo todo, la imaginación ... todo, pero no me podés dejar así. Terminame el relato.
Que jodidos son los escritores!!! Ok, te perdono. Un abrazo,

Marcelo.