
A veces es mejor simplificar.
Decir poco, lo justo.
“Permiso”, tal vez.
Es más simple.
Más eficaz.
Preferible.
Superior.
Mejor.
Porque por lo general nos liamos y tendemos a rellenar espacios.
A intentar justificar los silencios con risas, bromas, tristezas, palabras y más palabras. Una sucesión de falacias, promesas, comentarios, explicaciones, elogios, críticas y debates superfluos. Una mancomunidad de sujetos, verbos y predicados sazonados con alegorías, comparaciones, adjetivos y adverbios. Un sinnúmero de excrementos verbalizados que pueden corromper con su gramatical hedor la pureza del silencio.
A veces es mejor dejar de pensar estas estupideces y estar más atento al trayecto que recorremos. Tantas cavilaciones distraen y confunden:
Nos llevan a confundir la senda,
(bajaré en la próxima parada)
a equivocar el camino,
a perder el rumbo.
‘Pucha, me pasé’
A extraviarnos.
“Permiso...”
a perder el rumbo.
‘Pucha, me pasé’
A extraviarnos.
“Permiso...”

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